Hace unos días, durante una consulta, una mujer que materna de forma autónoma me hizo una pregunta que, probablemente, muchas madres se han hecho en silencio alguna vez:
“¿Cómo puedo ser una buena madre?”
Detrás de esa pregunta no solo había duda, también había cansancio, culpa, miedo y una enorme responsabilidad emocional. Porque cuando se cría en medio de la exigencia cotidiana, las decisiones difíciles y, en muchos casos, después de una separación o de experiencias dolorosas, es común sentir que nunca es suficiente.
La semana pasada, en este blog, reflexionábamos sobre la idea de las “buenas” y las “malas” madres, llegando a una conclusión importante: una buena madre no es aquella que nunca se equivoca, sino aquella que es capaz de reconocer sus errores, reparar el vínculo y continuar construyendo un espacio seguro para sus hijos, incluso en medio de sus propias heridas e imperfecciones.
Y hoy quisiera compartir algunos puntos que pueden ayudarnos a construir una maternidad más consciente y compasiva. El primero es dejar de perseguir la idea de la madre perfecta, porque en realidad no existen madres perfectas; existen mujeres que hacen lo mejor que pueden con los recursos emocionales, personales y contextuales que tienen en ese momento. Y aunque eso no resuelve todo, sí puede ser un punto de partida mucho más humano.
También es importante cuestionar la idea de que ser madre significa vivir en un sacrificio absoluto, olvidándonos de nuestras propias necesidades, emociones e identidad. Cuidar de una misma también es una forma de cuidar a los hijos.
Y, finalmente, aprender a soltar la necesidad de controlar todo: lo que hacemos, lo que sienten los demás y la manera en que deberían ocurrir las cosas. Porque muchas veces, en ese intento de control, terminamos agotándonos emocionalmente.
Muchas veces, la maternidad comienza a vivirse de una manera más consciente cuando las mujeres dejan de preguntarse únicamente qué necesitan sus hijos y empiezan también a preguntarse qué necesitan ellas mismas.
Una realidad que observo con frecuencia es que muchas madres viven funcionando en “automático”: resolviendo, atendiendo, corrigiendo lo que consideran que está mal y sosteniendo emocionalmente a todas las personas a su alrededor. Sin embargo, pocas veces se detienen a preguntarse cómo se sienten realmente, si están agotadas, frustradas, solas, resentidas o emocionalmente sobreexigidas. En lugar de eso, suelen centrarse en criticarse por sus errores o por todo aquello que creen que “deberían” estar haciendo mejor.
Cuando las emociones no son reconocidas ni atendidas, el malestar termina manifestándose de otras maneras: a través de gritos, irritabilidad, distancia emocional o una profunda sensación de culpa.
“A veces una madre no reacciona al comportamiento de su hijo, sino a su nivel de cansancio emocional, que lleva acumulándose, por mucho tiempo”
Lic. Verónica Galindo
Por eso te invito a tomarte unos minutos y reflexionar lo siguiente:
- Identificar para poder regular.
Lo principal es escucharnos a nosotras mismas, ¿Cómo me estoy sintiendo? Porque de esta pregunta se deriva lo que necesitamos para regularnos, pero regularse no significa controlar, sino poder reconocer cuándo algo nos está sobrepasando y no descargarlo con los hijos, sino buscar otras formas de descargar estas emociones. Tal vez lo que necesitas es: un descanso, un espacio propio, algún apoyo, límites, momentos de silencio, sentirte escuchada o dejar de sostener todo sola.
Porque una madre sola y emocionalmente desbordada difícilmente puede convertirse en sostén para otro.
- Cuestionar las expectativas sobre la maternidad.
Es muy común que las mujeres vivan intentando alcanzar una imagen imposible, intentando siempre ser una mamá: paciente, presente todo el tiempo, que nunca se equivoca, hacer todo sin cansarse, por nombrar algunas, pero cuando no se logra sostener estás expectativas aparece la culpa, el problema no es que fallemos, el problema real es tratar de cumplir una versión irreal de que lo que creemos que “deberíamos” ser.
- Revisar las heridas propias.
Aunque no nos damos cuenta al convertirnos en madres, también aparecen las carencias propias y empezamos a maternar desde ese lugar sin ser consciente de eso, nos centramos en lo que nos faltó en la infancia, el afecto que no recibimos, tener la validación de otros, la necesidad de ser cuidadas o incluso el miedo a repetir nuestras historias, pero es importante saber que criar también nos confronta a nosotras mismas. A veces como madres intentamos darles todo a nuestros hijos porque aún hay una parte de nosotras esperando recibir lo que necesitábamos cuando éramos niñas.
- Diferenciar las necesidades propias de las necesidades de nuestros hijos.
Diferenciar lo que necesitaba de niña de las necesidades de nuestros hijos, nos llevará a maternar desde otro lugar e identificar que muchas veces nuestros hijos necesitan límites aunque se enojen, aprender autonomía aunque como mamá sienta miedo, aprender tolerancia a la frustración, entender que requieren espacio y escucha con atención y sobre todo presencia emocional más que perfección y esto no siempre coincide con lo que como mamá necesite en mi historia.
Nuestros hijos no son una extensión propia, son seres humanos distintos que están en desarrollo.
Así que, después de toda esta reflexión, mi respuesta a la pregunta de esta mujer sobre cómo ser una mejor mamá fue la siguiente:
La maternidad no puede dividirse simplemente entre “buena” o “mala”. Tal vez lo que realmente necesitamos es comenzar a construir una maternidad más sana y consciente, dejando atrás la exigencia constante de convertirnos en la “mejor” mamá.
Quizá el verdadero cambio comienza cuando nos miramos con más honestidad, reconocemos nuestras propias heridas y dejamos de perseguir la perfección. Porque una maternidad saludable no nace de hacerlo todo perfecto, sino de poder estar presentes emocionalmente, sostener a nuestros hijos desde el amor, la conexión y el reconocimiento genuino de sus necesidades, sin dejar de lado las nuestras.
Criar no solo implica acompañar el crecimiento de un hijo; también significa reencontrarnos con aquellas partes de nosotras mismas que, en algún momento, quedaron necesitadas de cuidado, atención y amor.


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